Sinaloa México
EDITORES / GUILLERMO SANDOVAL G / M ROCÍO SÁNCHEZ B

ECHALE GANAS CAMPEÓN: Chínguele!

La crisis de valores y la descomposición social suelen explicarse, desde discursos dominantes, como una pérdida individual de ética, disciplina o esfuerzo. Bajo esta lógica, el sujeto aparece como responsable último de su destino: si fracasa, es porque no se esforzó lo suficiente; si triunfa, es porque “le echó ganas”. Sin embargo, esta narrativa encubre las condiciones estructurales que configuran las oportunidades reales. Para profundizar en esta crítica, resulta fundamental incorporar la reflexión de Michael J. Sandel en La tiranía del mérito, donde desmonta la legitimidad moral de la meritocracia contemporánea.

El echaleganismo, entendido como una ética del esfuerzo individual desligada de las condiciones sociales, funciona como una ideología que invisibiliza la desigualdad. En este punto, Sandel advierte que la meritocracia no solo distribuye recompensas, sino que también produce una narrativa moral que legitima esas diferencias. En palabras del autor: “la meritocracia convierte el éxito en un signo de virtud y el fracaso en una señal de culpa” (Sandel, 2020, p. 42). Esta afirmación es clave, pues revela que el problema no es únicamente económico, sino también simbólico: quienes quedan rezagados no solo carecen de recursos, sino que cargan con el estigma de ser considerados responsables de su propia situación.

De este modo, la meritocracia deja de ser un ideal de justicia para convertirse en un mecanismo de justificación de la desigualdad. En sociedades profundamente estratificadas, las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa desde el inicio. El acceso a educación de calidad, redes de contacto, capital cultural y estabilidad económica sigue dependiendo en gran medida del origen social. Sin embargo, el discurso meritocrático borra estas diferencias y presenta la competencia como si todos partieran del mismo punto.

Sandel profundiza en esta crítica al señalar que el verdadero problema de la meritocracia no es solo que sea imperfecta, sino que incluso en su versión ideal genera consecuencias moralmente problemáticas. Como afirma: “incluso una meritocracia perfectamente funcional sería moralmente cuestionable, porque invita a los ganadores a considerar que su éxito es totalmente merecido” (Sandel, 2020, p. 59). Esta idea permite comprender por qué la desigualdad contemporánea no solo produce exclusión, sino también arrogancia en los sectores privilegiados y resentimiento en quienes quedan al margen.

En este contexto, la llamada crisis de valores no puede entenderse como una simple degradación moral individual. Más bien, es el resultado de una fractura en el tejido social provocada por la pérdida de legitimidad del sistema. Cuando las personas perciben que el esfuerzo no garantiza movilidad social, y que el éxito depende en gran medida de condiciones heredadas, se debilitan valores como la confianza, la solidaridad y el sentido de comunidad. La descomposición social emerge entonces como una respuesta a una estructura que promete igualdad de oportunidades pero reproduce desigualdad sistemática.

Además, el discurso del echaleganismo cumple una función política: desplaza la responsabilidad de las instituciones hacia los individuos. En lugar de cuestionar la concentración de la riqueza, la precarización laboral o la falta de acceso a servicios básicos, se insiste en la necesidad de “superarse” individualmente. Esta narrativa no solo es insuficiente, sino que puede ser profundamente injusta, al exigir resiliencia en contextos donde las condiciones materiales limitan severamente las posibilidades reales de acción.

Desde esta perspectiva, la crisis de valores es, en realidad, una crisis de legitimidad. Las normas sociales pierden fuerza cuando las instituciones que deberían sostenerlas operan bajo lógicas contradictorias. La corrupción, la impunidad y los privilegios heredados envían un mensaje claro: el sistema no es equitativo. En ese escenario, las conductas que suelen calificarse como “falta de valores” pueden entenderse también como estrategias de adaptación a un entorno desigual.

Frente a ello, Sandel propone recuperar una concepción del bien común que trascienda la lógica individualista del mérito. Esto implica reconocer que el éxito nunca es completamente individual, sino que depende de condiciones sociales compartidas. También supone revalorizar la dignidad del trabajo en todas sus formas, más allá de su rentabilidad económica o prestigio social. En otras palabras, se trata de reconstruir una ética pública basada en la interdependencia y no en la competencia absoluta.

En última instancia, superar la descomposición social requiere desmontar las narrativas que la sostienen. Ni el echaleganismo ni la meritocracia ofrecen respuestas reales a la desigualdad estructural. Por el contrario, contribuyen a profundizarla al legitimar sus resultados. Una perspectiva alterna debe partir del reconocimiento de que las oportunidades no están dadas de manera equitativa y que, sin justicia social, cualquier discurso sobre valores corre el riesgo de convertirse en un instrumento de dominación simbólica.

Autor: Guillermo Sandoval G