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Viernes 8 de enero

Una calurosa tarde de verano, cuando el sol se ponía por lo alto de la montaña y el movimiento de las bestias y el ruido de las camionetas cesaba en su recorrido final hacía un punto de encuentro  de la gente de rancho, escuché a un muñeco de escuela cantar el corrido de Lamberto Quintero. Era aquel un día de fiesta en un ranchito escondido de la sierra de Cosalá, en un ritual que se celebra año con año para dar fin al ciclo escolar de la escuela donde asisten la mayoría de los niños de aquellas familias allí reunidas.


 Por qué esa canción, maestra? “¡Él mismo la escogió !Es un niño muy listo¡” Dijo como respuesta la profesora.

“Quisieran que fuera cuento, pero señores es cierto”, se escucha decir en este corrido.

El niño es inquieto y alegre por naturaleza, pero las clases de canto y de otras bellas artes prácticamente han desaparecido de las escuelas, particularmente de las escuelas públicas y rurales. De ahí que las inquietudes artísticas y espontaneas de los niños encuentran un referente inmediato en aquello que les ofrece el entorno social, un ambiente inundado de corridos y narcocorridos.

Veinte años ates de aquel episodio había muerto este recordado pistolero y traficante del municipio de Badiraguato, Sinaloa; al que Paulino Vargas, por encargo, inmortalizaba en un corrido norteño. Un personaje sobre quien después se escribiría un libro que habla de su vida y muerte y posteriormente se le hace una película en la que se exhiben  las vivencias de un hombre valiente, parrandero y enamorado. Todo un prototipo del narco sinaloense y su cultura de los años setenta, una cultura que desde entonces viene extendiendo sus raíces del espacio rural hacia todos los campos de la vida urbana, en intima relación con el cultivo y tráfico de la marihuana y goma de amapola, viendo siempre hacia la ruta del norte.

Frente a este fenómeno delictivo pronto se exhibirían las debilidades y los vicios del sistema de justicia para detenerlo. Si no puedes con el enemigo únete a él, fue la máxima no declarada que se aplica en grado creciente en la mayoría de los cuerpos policiacos encargados de combatirlos en el país. Y combatido y permitido junto a él va creciendo una cultura ligada al narcotráfico, cada vez más aceptada y adoptada por las juventudes y demás sectores de la sociedad civil y la política que pronto trasciende sus fronteras. 

Las expresiones y el lenguaje, las historias, leyendas y fantasías tejidas en torno a estos personajes son corrientes de transmisión que van desde las comunidades, los barrios, los centros de reunión y hasta las propias iglesias y universidades. En general esta cultura penetra en todas las esferas de la vida social. El corrido mafioso es prohibido en la radio y televisión, pasando por encima de la libertad de expresión, pero no hay reunión de fiesta donde no se escuchen las historias, cada vez más agresivas y violentas, de tal o cual personaje supuesto o realmente conocido por alguno de los presentes. Pues como dice el autor del corrido referido: “La gente no tendrá para comer, pero si para echarse un trago y para que le toquen un corrido”.

Y junto con ellos viene la afluencia del dinero, las drogas, el alcohol, las armas y la muerte rondando a su alrededor. “Tengo tres vicios en mi vida – confiesa Lupe en la montaña-: las mujeres, la cerveza y la coca”. Y como sus deseos se han cumplido con vastedad poco le importa la muerte. Vivir y sobrevivir en este ambiente les da la satisfacción y el reconocimiento que  la mayoría no pueden tener por otros medios del lugar que han surgido. Así que aunque muertos velen más que vivos, todo es cuestión de decidirse a tomar el camino.

Después de la Operación Cóndor, del combate al narcotráfico en los años setentas, han venido surgiendo personajes de aquí y allá, salidos del anonimato y al margen de la ley envueltos en un halo de admiración y temor del ciudadano por la fortuna y los muertos acumulados a su alrededor. El respeto y reverencia hacia la autoridad tradicional fue perdiendo valor a punta de pistola y del soborno. La escuela ya nada podría enseñarles, la vida en un instante les enseñaba todo, a partir de que podían ser dueños de la propia y de la ajena. Solo Dios es su freno, pero seguros de que solo después de muertos le rendirán cuentas.

Escuchando los reproches al viento, alguien lo dijo así: 

“Más vale un año de vacas gordas, que cien de perro en cualquier lugar.”

Y el que lo logra lucha por lograr otro año más, y otro, y otro. “O en la batalla se muere”. Y así se van adaptando estos hombres –y mujeres- a vivir en una guerra constante entre la vida y la muerte, hoy en un día de rey y mañana en un día de perro, o muerto. La guerra nunca ha sido una historia romántica en ningún frente, la muerte que la acompaña corre goteando adrenalina hasta que revienta en veneros de sangre de inocentes y culpables. Y en esta guerra somos más culpables de lo que parece, cómplices por omisión o por comisión.

Se necesita dejar a muchos en el camino para que surja un personaje de la talla de Pedro Avilez, Rafaél Caro, Miguel Ángel Félix, Don Neto, Amado Carrillo, Los Arellano, Ismael Zambada, Joaquín Guzmán…, referido dolo a Sinaloa. Y muchos, muchos dólares regados entre todos los poderes del Estado, y mucho silencio de la sociedad para que el negocio continuara adelante, para que esa mano invisible del mercado que deambula por las calles del mundo llene los huecos de sus vidas miserables. Por ello, como dijo el propio Joaquín Guzmán, “EL día que yo no exista –como ya no existen muchos de sus antecesores- no va a mermar lo que es nada el tráfico de droga”.

Y tal vez no, porque cuántos tragos de tequila y de Buchanan se habrán brindado de contrabando entre los capos de la mafia y sus perseguidores en esta larga carrera del sabueso y la liebre de cuerda.

“El Chapo” es un criminal peligroso, sin duda, aunque él diga lo contrario, pero le han puesto el traje del diablo y con esa capa están tratando de cubrir las puestas del infierno, del que muchos pretenden quedar fuera. En la actitud del Estado ante el distinguido preso 3870, se advierte un claro signo de venganza y un temor desesperado de ser vencido de nuevo a la vista de todo el mundo.

En Joaquín Guzmán se resumen muchas de las frustraciones del Estado actual y sobre él se pretende descargar todas las culpas del gobierno por su ineficiencia y las complicidades mantenidas por décadas en el combate al crimen organizado. El encierro de “El Chapo” bajo cien candados y la vigilancia de mil cámaras, solo se justifican si lo siguen uno a uno sus múltiples y distinguidos cómplices, los que ahora deben estar volteando la vista hacia sus sucesores que seguirán alimentando sus blanqueados negocios y capitales.

Y no faltará quien diga, como lo dicen: “Yo por mi parte aseguro, que hace falta en Culiacán”. Igual como termina con nostalgia el corrido de la muerte de Lamberto Quintero de hace cuarenta años, aquél pistolero reivindicado una y mil veces, como en aquella ocasión que es entonado por una voz infantil en una fiesta de escuela de Sinaloa, ante la ovación de todos los presentes.

AUTOR: Eladio Urrea

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