TOMARON LAS CALLES

Tomaron las calles, porque no los mantuvimos en el aula

(Un mea culpa desde el magisterio)

AUTOR: Profesor Mario Rodríguez Kato

Los protagonistas de la infumable realidad que vivimos el jueves 17 de octubre, en Culiacán, eran en su mayoría jóvenes que no alcanzaban ni los 25 años de edad, incluso, los que aparentaban más edad, cuando mucho llegarían a los 35 años, si los hechos en sí, son una tragedia, el que dicho terror haya sido infundido por una parte de nuestra juventud, lo vuelve aún más desolador.

Aquí cabe cuestionarnos, quienes nos dedicamos a la docencia y la ejercemos, ¿Qué hicimos mal? O ¿Qué no hicimos? Con esos chicos, cuando cursaron la primaria y la secundaria, para que ellos prefieran el camino suicida del sicario y no tuvieran la ilusión de ser profesionistas dignos. Es cierto, en casa se forja la base de los valores sociales, pero en muchos casos la escuela se convierte en el espacio de salvación.

¿Por qué esos centenares de jóvenes estuvieron y están dispuestos a perder la vida, por la de un delincuente sin entender que su vida es igual de valiosa?

Acaso cuando pasaron por nuestras aulas, los declaramos “casos perdidos”, acaso no hicimos hasta lo inimaginable por hacerlos sentir humanos, porque aprendieran, porque se sintieran parta de la escuela como comunidad.

Será que ni siquiera tuvimos la sensibilidad para ver los indicios de que en sus mentes geminaba la idea de la delincuencia como forma de vida.

Cuántos empecharados del jueves 17 de octubre, dejaron las prepas pensando que “no era lo suyo” o que estudiar no sirve para nada, y cuántos de nosotros nos ahorramos la fatiga de hacerlos cambiar de opinión…

¿Cuántos sicarios son producto de la falta de un espacio en las universidades?

El presidente prometió apostarle duró a la educación, pero la deserción escolar y la falta de espacios siguen siendo una realidad, urge asumir nuestra parte de responsabilidad como formadores y mejorar nuestros esfuerzos, ya que cada joven fuera de un aula es un joven con medio pie en un cártel; urge concretar la “nueva escuela mexicana”, antes de que crezca ese ejército de pistoleros, dispuesto a robarnos la paz, cada vez que el patrón les mande.

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