LA SOBERANÍA ENERGÉTICA
Autor / GILBERTO DEL REAL
La pandemia nos dejó claro que la medicina como negocio privado, significa tragedia humana a nivel planetario. Los prolegómenos de la reforma eléctrica en México demuestran que la lección no fue aprendida por quienes del dolor humano hacen fortunas monstruosas, que de inmediato se transforman en poderío político para seguir imponiendo ese modelo económico de muerte, como lo ha definido el Papa Francisco. El efecto de los escandalosos e incontrolables aumentos en el suministro eléctrico en España, deja en claro que un servicio público no puede ser pasto del interés de lucro privado y en este caso, a manos de las mismas empresas ebrias de codicia, a las que los gobiernos neoliberales mexicanos entregaron en cuerpo y alma el Sistema Eléctrico Nacional.
Pretextan que las reformas terminan con la libre competencia, esa misma “libre competencia” que obliga ahora a CFE a comprar la energía que produzcan, cuando la produzcan, al precio que la produzcan y conducirla por la red nacional de CFE, sin pagar por el uso de la red ni construir subestaciones, ni nada. Otro efecto absolutamente pernicioso es que obliga a que la capacidad instalada en hidroeléctricas se deteriore vilmente por falta de operación , porque los señores pactaron que se les compre en primer lugar a ellos. ¿Eso es libre mercado?
Dicen que se aumentarán los costos para las familias y por supuesto eso les angustia porque generará efectos indeseables en la economía, particularmente el aumento inflacionario. La interesada ceguera les impide reconocer lo que bajo ese modelo privatizador sucede en Europa, particularmente en España. Es pretexto que en el fondo solo busca hacer pasar como socialmente bueno lo que garantiza fabulosas ganancias para una cuantas empresas, ante la indefensa complicidad de los gobiernos que asumen una función de contención burocrática, acallando por diversas vías la legítima demanda social y garantizar la permanencia de ese estado de cosas.
El deterioro ecológico y la involución tecnológica son otros de los argumentos esgrimidos. Resulta que no han querido reconocer que las energías alternativas también contaminan, pero lo peor, que no son magia y que la transición energética se llevará varios años para sustituir en su totalidad la energía fósil, que mientras tanto seguirá siendo vital. Las previsiones más optimistas hablan de un proceso que invertirá cuando menos los próximos 50 años. Tiempo que si esa preocupación no fuera una impostura, tendrían que emplear en eficientar la producción de energías alternativas en todos los sentidos, pero en particular para aminorar el impacto ecológico. Por supuesto esperan innovación, pero que sea producto de la investigación financiada por recursos públicos, no de emplear una ínfima parte de sus estratosféricas ganancias en investigación propia.
La soberanía energética es vital para cualquier País y la rectoría de sus gobiernos es una condición indispensable. Más allá de la resistencia de las corporaciones depredadoras y sus acólitos locales y extranjeros, más allá de las tortuosas maniobras judiciales y de arbitraje internacional que sin duda están en puerta, los Mexicanos y Mexicanas debemos respaldar por todos los medios esta iniciativa, que sin duda tendrá errores e insuficiencias que se irán detectando y resolviendo por el camino. Su gran acierto es que apunta a resolver la cuestión medular de que el mercado eléctrico sea regido por una poderosa empresa estatal, que mantenga como bien estratégico de la Nación el abasto eléctrico seguro, estable, suficiente y cada día más limpio y barato. Una pregunta para concluir: Si hubiera sido la ganancia privada el móvil único ¿Se habría construido en nuestro País la inmensa red eléctrica de CFE?
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