UNA LECCIÓN DE DINERO

La magia del payaso no la hace el maquillaje,

el vestuario, ni la roja nariz,

mucho menos los enormes zapatos

con los que chapalea la tristeza…

 AUTOR: JORGE LUIS HURTADO REYES

Tilichito Ben Boruch lo define así: “payaso no es el que se pinta la cara… sino el que se maquilla el alma. Payaso no es el que cubre su cuerpo con colores brillantes, sino el que ilumina su espíritu”.

Entre los payasos, la batalla final casi siempre la gana el hombre y su educación, en otros no puedes separar al hombre del el personaje, y en muy pocos payasos ves al artista arropando al hombre.

En el mundo de los payasos las bromas son en serio y cuidado si te dejas atrapar…

—Oye Michelín —dice Betini —, una amiga quiere una función para la fiesta de su hija, pero no tiene dinero y sólo le cobré cuatrocientos pesos: ¿me acompañas?

Así la fiesta se celebró en uno de los mejores casinos infantiles de la ciudad, al entrar sorprendía la decoración tan bien hecha, un enorme pastel de tres pisos en la mesa principal, ocho piñatas abarrotaban el espacio de los juegos, más de setenta racimos con globos cubrían pilares y paredes del salón de fiestas, el grupo de música “Voces”, amenizaba la fiesta, con un amplio  repertorio de canciones para niños; además nueve edecanes caracterizadas de hadas madrinas  le daban la bienvenida a los invitados; muchos meseros,  como hormigas servían las mesas ya ocupadas, todo era fiesta y decorado con el tema de la Cenicienta. Hasta allí se veía que había dinero…

—Oye Betini, no me dijiste que tu amiga no tenía dinero —dijo Michelín.

—Lo que yo supe de última hora es que los padrinos de la niña le regalaron toda la fiesta —respondió Betini.

Y Michelín dejó escapar un suspiro y transmutó hacia el personaje infantil y echó a caminar la maquinaria del actor. Prácticamente él llevó la batuta de todo el show, una inspiración había hecho la transformación, se mostró juguetón, creativo, simpático y divertido. Betini jugó el rol de ayudante de cámara,  tratando de quedar atrapado en la cámara del fotógrafo contratado para cubrir el evento social. Michelín puso en juego la experiencia de sus muchos años de payaso profesional, logrando que los invitados se divirtieran de manera especial con sus brincos, maromas y bailes. Betini, mientras tanto, repartía sus tarjetas de presentación, siempre cerca de la cocina, del pastel, de los refrescos y las carretas de tacos. La fiesta resultó todo un éxito, la mamá de la festejada era la más satisfecha del resultado logrado por la conjugación de la organización del evento y la dosis de talento puesto por Michelín. Fue en ese momento final de su show cuando conoció a la señora, mujer de treinta y tantos años de edad, de porte elegante y muy emperifollada. Señor payaso, lo felicito por su trabajo, ha puesto un ambiente muy divertido, le estamos muy agradecidos, y sin dejar de responder a Michelín le pregunta: ¿cuánto le debemos? Michelín sólo alcanza a decirle: “lo que usted quedó con mi compañero”. Muy bien señor Michelín, acompáñeme al privado. Ya dentro del privado el ambiente era otro, la sobriedad del recinto era aderezada con las notas alegres del Trío Azteca, que tocaba sólo para los señores invitados a la fiesta. Los meseros regiamente vestidos, servían coñac y whisky a las selectas personalidades.

—Heriberto, mi amor, los señores payasos ya terminaron su función, ¿les pagas por favor?, dijo la elegante dama.

—Con todo gusto, ¿cuánto le debo caballero?

Michelín no supo contestar, pero para su suerte, la señora respondió: “dales cuatro mil pesos, el trato fue por tres mil quinientos, pero bien vale darles cuatro mil, ya que ellos, o más bien el señor, hizo un estupendo  trabajo.

—Cómo tú gustes, mi amor, es la fiesta de tu hija y tú mandas —respondió el señor.

Michelín no lo creía, tenía en sus manos cuatro mil pesos y él sólo pensaba que eran cuatrocientos pesos, miró los billetes, una chispa de malicia brotó de sus ojos, sonrió para sus adentros, guardó en una bolsa de su pantalón tres mil seiscientos y en la otra cuatrocientos, salió contento, muy contento.

— ¡Betini, vámonos! —le dijo Michelín.

—Espérate, me estoy comiendo unos tacos al pastor —respondió Betini —además tengo que cobrar para darte tu parte.

—Ya me pagaron —sentenció Michelín, sin dar más importancia.

Betini se atragantó, cambió de color aún con el maquillaje en pleno rostro.

— ¡¿Cómo que ya te pagaron? quien te autorizó para que cobraras?, cuestionó Betini.

—Yo no cobré, la señora me pagó y apúrate que nos está esperando el chofer de “tu amiga”, respondió Michelín.

—¿Y cuánto te pagaron?, preguntó Betini.

—Lo que tú cobraste, cuatrocientos pesos—, respondió sin inmutarse Michelín.

—Pero, ¿por qué cobraste, ella es mi amiga y el trato lo hice yo?, apuntó Betini.

—Mira,  Betini, la señora “tu amiga”, fue conmigo y me preguntó que cuánto era, yo respondí que cuatrocientos, como tú me habías dicho, se sorprendió un poco por la cantidad, pero ya me pagó.

—¿Y no te dio algo de propina?

—¡No, Betini, no me dio nada más!, ¿y por qué tanta pregunta; ¿que no quedaste en esa cantidad?, concluyó Michelín.

Betini sólo alcanzó a balbucear no pos, pos, ya vez, no pos sí. Y se puso triste. Michelín le entregó a su compañero y amigo doscientos pesos. Ya en la Suburban y con rumbo a la oficina y cuartel general de los payasos, se pusieron quietos, Betini no volvió a gesticular palabra, mientras Michelín Lasaete Gucam, cantaba alegre: “Yo soy de esos payasos a la antigua, que viven en un mundo de ilusión, haciendo feliz a los mortales…”.

La tarde se fue consumiendo, el maquillaje se desvanecía del rostro, el vestuario se desgarró hasta hacerse chira, y el personaje se cambió al hombre. Michelín Lasaete Gucam, dio  una merecida  lección de amor, por cariño al payaso y a su compañero de mil aventuras.

La nobleza del payaso siempre seguirá estando presente en quien vista su espíritu.

Read 891 times

Leave a comment

Make sure you enter all the required information, indicated by an asterisk (*). HTML code is not allowed.

Top