ANIVERSARIO DE TLATELOLCO

La bárbara matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 es una herida que permanece aún abierta y sangrante en la conciencia de México el 2 de octubre de 1970.

Han pasados dos años, pero esto no es cosa del transcurrir del tiempo, sino del transcurrir de la justicia histórica: sólo ella puede cerrar esta herida. No obstante, ni la justicia histórica, ni nadie, ni nada podrá borrar este recuerdo: será siempre un acta de acusación y una condena. Hoy, a dos años de distancia, la pregunta acusatoria sigue sin respuesta: ¿cómo fue posible una acción tan criminal y monstruosa, tan increíble, irracional y estúpida, como la matanza de Tlatelolco del 2 de octubre? Ésta era la misma, la idéntica pregunta que se hacía la conciencia de México a principios del siglo. ¿Cómo fue posible la insensata, la torpe, la vil y asesina matanza de los huelguistas de Río Blanco en enero de 1907? Aquella conciencia histórica de México dio la respuesta adecuada a tal pregunta tres años más tarde, en 1910: pero esta respuesta ya era una revolución.
Es lo que no entienden los gobernantes y lo que se niegan terca y mañosamente a ver: los dioses —como se decía en la antigüedad— primero cegaban a quienes previamente habían condenado a la perdición. El gobernante dictatorial y ciego, perdida toda capacidad de comprender al pueblo, apela a la represión para imponer su ceguera a todos con la muerte de la conciencia libre. Sabe que, en tanto más brutal y gigantesca sea la represión, mayores serán el desconcierto, las confusiones y la desmoralización momentáneas de las masas de la ciudadanía activa. De aquí la ciega confianza de la dictadura en que la represión de la actividad política de las masas convertirá en inerte a la ciudadanía, hundiéndola en el temor, el recelo y la angustia, dentro de una atmósfera en que no puede disponer de sus derechos, ejercer sus libertades, ni expresar sus opiniones. Pero esto es lo único que la dictadura sabe, porque las dictaduras no ven y satisfacen su seguridad del poder en la sangrienta eficacia de las matanzas multitudinarias y de las prisiones. Efímera, circunstancial, ilusoria eficacia de la masacre de los huelguistas de Río Blanco en 1907. Efímera, ciega, sorda, inmunda eficacia de la masacre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas del Tlatelolco olímpico, en el Olimpo rezumante de sangre de los antiguos dioses vengativos que ciegan antes al ejecutor de sus designios.
Esta ceguera criminal, esta sordera asesina de la dictadura es lo que explica Tlatelolco. Al diálogo que el pueblo reclamaba, se le contestó, primero, con el tabletear de las ametralladoras; después, mediante el careo judicial de las víctimas con los propios victimarios en los procesos mistificados con los que se harán recaer las sentencias sobre los presos políticos de 68, a quienes no se les perdona siquiera la infamia de calificarlos como delincuentes comunes.
Han transcurrido dos años desde la sombría matanza de Tlatelolco. Repetimos: no se trata del lapso transcurrido. El tiempo es el más tenaz e infatigable trabajador de la libertad y la justicia. La presencia viva de nuestras voluntades —más intrépida, más tenaz, más osada—, por encima del tiempo que la dictadura pretende detener con las cárceles y con la muerte, será lo que acelera ese ritmo con que la historia trata de liberarse y encontrarse.
1 de octubre de 1970.
Autor: JOSÉ REVUELTAS

Tomado del libro: México 68: Juventud y revolución. Ed. ERA. José Revueltas.

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