LAS MUJERES, ESFERA PÚBLICA

Las mujeres y su incorporación a la esfera pública, frente a la incursión de los varones en el ámbito privado/doméstico.
La presente reflexión, retoma los postulados de lo público y lo privado propuestos por Aristóteles desde hace más de 2200 años, los cuales aún parecen seguir teniendo vigencia, ya que desde estas ideas, no pocas veces se ha intentado legitimar la inferioridad y la desigualdad femenina.

Por otra parte, también partimos de reconocer, que si bien es cierto que las mujeres no se encuentran totalmente recluidas en los espacios domésticos y que es visible su participación en muchas de las actividades de la esfera pública, no obstante, es preciso señalar que las nuevas prácticas de interacción social entre hombres y mujeres no han superado a las anteriores, sino que coexisten con ellas, y generalmente en tensión conflictiva, cuestión que nos ha provocado a reflexionar en este sentido.
Para Aristóteles (384-322 a.C.), los individuos, los que participaban en la estructura de las polis, eran los varones perfectos, los que podían denominarse ciudadanos y por ello eran beneficiarios de una vida de bien, estos hombres/varones/adultos van a ser los que participen en la administración de la justicia y en el mantenimiento de los servicios y serán los que representen la esfera pública en la antigua Grecia, y a quienes llamó los naturalmente gobernantes.
Dentro de los naturalmente gobernados, como los identifica Aristóteles, estarán las mujeres, niños y esclavos, y ese será el mundo de lo privado, el de los idiotas, o la esfera de lo no público y, por lo tanto, ése será el hogar social de la mujer, en donde la sumisión femenina deberá ser una condición imprescindible, tal como se expresa en la obra, Política (Azcarate, 1873) “…el saber del hombre no es el de la mujer… el valor y la equidad no son los mismos en ambos, y la fuerza del uno –del hombre- estriba en el mando y la de la otra –la mujer- en la sumisión”.
Ya situándonos en épocas más recientes, como la actual, los espacios ocupados por los hombres y las mujeres, se darán privilegiando el tipo de actividades que ahí se realicen, entendiéndose como espacio de lo público aquél en el que se desarrollen las actividades más reconocidas socialmente, es decir, será el más valorado porque es el del reconocimiento de lo que se ve, de aquello que está expuesto a la mirada pública, y es precisamente el hecho de ser actividades más valoradas públicamente que tienden a masculinizarse y, por lo tanto, a la exigencia de hacerse reconocer (Amorós, 1989).
En cambio, el espacio privado será aquél donde se realizan las actividades menos estimadas socialmente, casi siempre serán las que no se ven ni son objeto de apreciación pública, este será el espacio de lo femenino, de lo doméstico; aquí no se contrastan las actividades, como sucede en la esfera de lo público. Si se es dedicada madre, buena hija o excelente esposa, todo queda valorado puertas adentro de nuestra casa, de nuestro hogar.
Es en esta configuración de espacio público y privado, desde donde se puede entender la subordinación de las mujeres al control y dominio masculinos, lo cual explica en parte el que se nos haya segregado históricamente al espacio de lo doméstico, haciéndonos exclusivamente las responsables de las tareas del hogar, concebidas estas actividades con un alto valor emocional, moral y espiritual, pero de escaso reconocimiento social, político, económico y cultural.
Sabemos y somos conscientes que en los tiempos actuales después de una larga trayectoria de participación de las mujeres en los diversos ámbitos del acontecer social, se ha logrado vencer el temor a reconocer nuestras propias potencialidades y también se ha avanzado en el reconocimiento y defensa de nuestros derechos, y con nuestra incorporación a la esfera pública desde el campo de las ciencias, las artes y la literatura, etc., hemos casi desterrado los dichos misóginos de filósofos como Schopenhauer, quien declaraba que “la mujer es una esencia, no un individuo” o que “era un ser de cabellos largos e ideas cortas”; así como las afirmaciones de Hegel de que “en la mujer la autoconciencia no llega a evolucionar y a progresar para asumir la forma de la individualidad”.
Es decir, no podemos negar que desde la segunda mitad del Siglo XX y éste que corre, hemos incursionado en las polis –el espacio público denominado así por Aristóteles-, pero en tanto se mantenga sin compartir plenamente con los hombres la responsabilidad de las funciones del espacio privado del hogar, nuestro ingreso o paso por las pistas de lo público tendrá severas limitaciones, produciéndose y reproduciéndose las condiciones de desigualdad, ya que es muy evidente el desfase entre nuestra incorporación como mujeres a la esfera pública y la de los varones al espacio de lo doméstico, mientras esto siga ocurriendo, Aristóteles seguirá vigente, situándonos eternamente en el lado de las gobernadas y no de las gobernantas, legitimando permanentemente la desigualdad entre los géneros.
Por ello, consideramos que nuestra participación como mujeres en la generación de experiencias desde el espacio público deberá tener como intención ineludible el lograr transformaciones del entorno inmediato, a través de tomar posición desde los desafíos que implican las relaciones patriarcales dominantes, reconociendo que estos cambios no son fáciles y mucho menos si no logramos contar con el ímpetu colectivo que haga posible apropiarnos y generalizar los pequeños o grandes logros a favor no sólo de la no discriminación e igualdad de derechos y libertades entre los géneros, sino de la equidad social en general.
Finalmente, lo anterior tendrá grandes posibilidades, sólo si logramos desarrollar propuestas bien fundamentadas que impliquen la búsqueda y posible construcción de un proyecto social distinto al de la hegemonía masculina, es decir, otro cuyo propósito primordial sea la real igualdad entre hombres y mujeres en todas las esferas o espacios donde nos relacionamos cotidianamente, en lo político, educativo, económico y social.
Fuentes bibliográficas:
-Azcárate de, Patricio, Obras de Aristóteles, Vol. III. Ed. Medina y Navarro, Madrid, 1873.
-Amorós, Celia, Mujer, participación, cultura política y estado, Ed. La Flor, Buenos Aires, Argentina, 1989
Autora: Ana Alicia Cervantes Contreras
Integrante de la Comisión de Género y Educación del Colectivo de Mujeres Activas Sinaloenses, A.C.

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