EL GATO MIDAS

(Cuento)
A las seis de la tarde, era común ver la oscura y siniestra figura del Gato Midas, recostada en la entrada principal del curato, a un costado de la entrada al sótano de la vieja Iglesia de la Lomita.

El sótano de la parte sur de esta iglesia de estilo Gótico, enclavada en lo alto de una Colina de la antigua ciudad de Culiacán, servía a su vez de asilo de las urnas funerarias que guardaban las cenizas de sus muertos más ilustres y había urnas que databan de más de ciento cincuenta años.

El gato siempre estaba en la misma posición, erguido y gallardo y con sus amarillos y centellantes ojos, fijos en cualquier objeto o persona que se acercaba.

Su fina y siniestra figura, semejaba la gata Besta, diosa adorada por la civilización egipcia, y con ese porte y señorío, cumplía fiel y diligentemente su función de informar al señor cura con sus maullidos de la presencia de un visitante.

Todos los días, antes de las ocho de la noche, hora de cierre de la sección de las urnas funerarias, dejaba su enhiesta posición y el y su eterno acompañante, bajaban ágilmente los 21 escalones que los separaban de la entrada, y se metían a cuidar que nada raro pasara en esa lúgubre sección, autonombrándose guardianes de la misma.

El negro pelo de Midas, que recordaba su procedencia del gato africano, se perdía en los rincones de la sección y ya no se le volvía a ver, sino hasta el día siguiente, en que el portero abría de nuevo las puertas al público para la visita a sus muertos, guardados herméticamente en la sala.

Nadie sabía lo que hacía el gato midas en la soledad de su encierro, dentro de la sección donde estaban las urnas, sólo el y su extraño acompañante, sabían que una vez que daban las doce de la noche y cuando reinaba la más absoluta oscuridad y silencio, pasaban lista de presentes uno por uno a los muertos que se encontraban dentro de las urnas y lo hacían con una marcialidad que espantaba, porque ellos sabían bien que si alguno no contestaba, y en particular el que a Midas le interesaba, significaba que no habían cumplido su misión y serían sacrificados.

Contrario a lo que todo mundo pensaría, el pase de lista no era sencillo, pues se recitaba el nombre, la sección, la fila y el número de urna, para que no quedara duda de que la voz que escuchaba salir de las paredes de metal sombrío, era la de sus propietarios.

El Gato Midas, percibía los olores hasta de las sombras, su fino olfato le permitía advertir la presencia de las personas, a varios metros de distancia, antes de que físicamente estuvieran al borde de los escalones que el, celosamente custodiaba.

Ese miércoles de diciembre, cercano al solsticio de invierno, cuando ya la noche hacía su aparición, y la luz de la luna era tenue, algo pasó, la puerta se quedó abierta y midas no solamente no se dio cuenta de que se acercaba Susana Limas su odiada rival, ataviada con su tradicional traje de sastre negro y su sombrero de ala ancha con velo al frente, sino que tampoco se percató cuando ella entró a la sección de urnas acompañada del Gitano su enigmático amante, quienes entraron presurosamente aprovechando el descuido del gato, y ya estando frente a la urna número cuatro, de la sección dos, fila seis, ella se puso en una postura totalmente vertical, con los ojos cerrados y profundamente concentrada en el ritual que en esos momentos iniciaba su acompañante.

El Gitano muy ceremonioso, sacó un pequeño cráneo humano con apariencia de olla, y colocándolo en el piso, le echó adentro dos pedazos de carbón, tres dientes de ajo, y el pedazo de una vieja carta que Susana le dio antes de entrar, y luego les prendió fuego, después lentamente, sacó de su bolsa un envoltorio con azúcar y un recipiente de cristal que contenía sangre de macho cabrío y arrojó primero el azúcar y luego vertió delicadamente adentro del cráneo caliente la rojiza sangre, y mientras un humo denso y pestilente inundaba la sala, el Gitano profería palabras ininteligibles.

¡Luego como si se hubieran puesto de acuerdo, y en total sincronía¡, Susana y el Gitano empezaron a sudar frio y a temblar muy fuerte ¡y de pronto¡ Susana, dijo en un tono amenazante y fuerte, ¡aléjate maldito espíritu maligno, que no eres digno ni siquiera de mirarnos de frente, dicho ésto, la puertecilla de la urna se empezó a mover insistentemente como si alguien la estuviera empujando por dentro y el gitano tuvo que apretarla con todas sus fuerzas, hasta que se quedó quieta.

Después, volviendo del trance, recogieron lo que pudieron, y escudriñando la salida en la obscuridad, salieron furtivamente de la sala cuando ya la madre Selene echaba su lúgubre manto de luz sobre las escalinatas y se perdieron entre el frío de la noche.

Cuando midas entró más tarde a la sección, se dio cuenta de los restos del ritual y se puso tan furioso, que haciendo gala de su agilidad felina, brincó hasta la fila seis, dando fieros arañazos a la puerta de la urna cuatro como si quisiera liberar la salida, y era tal el impulso con el que azotaba la puerta, que de pronto se soltó la placa metálica color negro con ribete plateado, de siete por cuatro que contenía el nombre del propietario del fúnebre espacio, el gato, al ver caer la placa y al escuchar el estruendoso ruido que ésta hizo en el piso, salió huyendo dando funestos maullidos y juró vengarse de Susana.

Los ojos de midas brillaban intensamente en la oscuridad y casi se podía jurar que su amarillento ojo derecho era igual a la luna, si no fuera por la pequeña mancha negra que tenía dentro.

Tenía horas esperando agazapado en el jardín de la casa Grande donde alguna vez habitó, en compañía de su amo. Se lamía desesperadamente las garras y estaba al pendiente de cualquier ruido por imperceptible que éste fuera para el oído humano.

Tenía una expresión rara en el semblante y su sexto sentido le indicaba que estaba a punto de suceder lo que siempre había anhelado, tener a Susana Limas de huésped en la Sala que cuidaba.

A Midas siempre le había parecido injusto que su amo hubiera conocido primero que sus verdugos, las intermitencias de la muerte, cuando había ayudado a salvar miles de almas, y más injusto le parecía que la mala jugada femenina, lo había dejado a el, fuera de seguir disfrutando la compañía de su amo a quien adoraba.

¡Pinche gato¡, siempre me ha caído bien gordo dijo Susana Limas, si era cuando estaba en la casa, no se despegaba de mi marido, por donde quiera lo veía ronronear, por las orillas de las paredes, abajo de la cama, en las ventanas, y creo que ya hasta se me aparecía, porque tenía el don de la ubicuidad, parecía que tenía mirada y gestos de humano, siempre me veía con odio y juro que si no supiera que los gatos no hablan, habría estado segura de que escuchaba maldiciones salir de su horrible hocico.

Un día me pegó un pinche susto del tamaño del mundo, porque no te creas, hasta a la recámara se metía con permiso de quien ya sabes, y una noche, estaba yo profundamente dormida y empecé a soñar que por la ventana llegaba una señora con los ojos rojos y se acercaba a mi y me decía, vengo por ti Susana Limas, me encargaron que te llevara a como de lugar y entonces yo saqué fuerzas no se de donde y por entre la ventana le tiré unos manazos y le metí los dedos en los ojos y le brotaron como si fueran uvas, pero ella no se quedó quieta y metió las manos por entre las rejillas metálicas de la ventana y me agarró del cuello muy fuerte y yo me estaba asfixiando y cuando ya no alcanzaba resuello, empecé a temblar bien feo, desperté súbitamente y como me moví muy fuerte, el pinche midas que estaba dormido justo arriba de mi panza, brincó despavorido por entre la sábana, dando horribles maullidos y gemidos como si estuviera en celo y yo casi me muero de miedo, pero temprano al amanecer, cuando le conté a el lo que había pasado, lo único que me dijo fue: No tengas miedo, el midas te quiere mucho y seguramente al estar dormido arriba de ti, estaba cuidando que ningún ser extraño te hiciera daño.

Eso le venía contando Susana al Gitano ya llegando a la casa, y justo cuando iba entrando, el gato le tapó el camino, se paró delante de ella con el rencor y el odio reflejado en sus ojos y ella al verlo, pegó un brinco de terror y su cabeza se impactó en la maceta de cantera que colgaba a la entrada del jardín, perdió el equilibrio y cayó aparatosamente de espaldas y su nuca golpeó con todo su peso en la orilla de la banqueta que señalaba el camino hacia la puerta.

Pasados unos momentos, su cuerpo quedó frío y tieso, sus ojos abiertos reflejaban en sus pupilas un terror indescriptible y una siniestra figura en forma de gato.
La muerte le llegó de golpe, Susana ya no se movió, ni el gitano tuvo tiempo de reaccionar, cuando presa del pánico, huyó despavorido para nunca volver.

Ahora es verano, la población de la sala de urnas funerarias ha aumentado, a un lado de la urna que cuidaba celosamente el Gato, se puede leer en la placa un singular nombre "Susana Limas.".

El Gato Midas se pierde en la oscuridad de la noche por entre los callejones, sus ojos brillan más que nunca, su mirada es penetrante, en algún lugar de la ciudad, no muy lejos, el Gitano se revuelve en su cama sin poder aplacar su conciencia y sin conciliar el sueño, intenta dormir, cierra los ojos, pero aún cerrados no deja de ver insistentemente un par de ojos que esperan que se duerma definitivamente.

Autor: RICARDO CARRILLO DAMASCO

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