UN DELINCUENTE EN DOS CUARTILLAS

Autor: ELADIO URREA
“El patio de mi casa es un puño” –expresa Lupe, con enfado-. “Estoy dice y dice a los hombres que lo limpien pero nomás se la llevan echados jugando y viendo la tele. ¡No hacen nada! ¡Son unos huevones!”

Lupita y Juan se conocieron de muy jóvenes y su primer encuentro fue lo que se dice amor a primera vista. Al poco tiempo de encontrarse decidieron irse a vivir a la casa de los padres de Juan. Ella dejó su trabajo donde laboraba empacando hortalizas en el Valle de Culiacán ¡Porque la mujer de Juan es para la casa! Mientras que él abandonaba los estudios universitarios en el quinto semestre de la carrera y continuó ayudando a su padre en el cultivo de la parcela.
Al año siguiente la joven pareja ya tenían su primer hijo. Pero Juan comenzaba a formar una familia sin un trabajo fijo, sin dinero y sin un hogar propio; lo que dibujaba un futuro poco halagüeño. Así pasaron los primeros años de su relación viviendo aquí y allá: del poco trabajo, de la ayuda familiar y de los préstamos personales de plazo y cumplimiento inciertos. Esta fue una constante y un estilo de vida con el que se acostumbrarían a vivir los siguientes años.
Como las penas con el trago se serenan, a falta de empeño en el trabajo Juan se hizo aficionado al juego y la bebida y ya entrado en aquellos oficios incursionó en el difícil arte del amor. Pero fracasado en el amor erótico como pasatiempo, terminó por concentrarse más en el amor a sí mismo con más éxito.
Con estas y otras cualidades cada vez más arraigadas pero cada vez menos productivas y honorables se fue definiendo la personalidad de Juan, al tiempo que su relación con Lupita pierde vuelo y las discusiones suben de tono. Entre gustos y disgustos, entre reproches y promesas la relación del matrimonio sigue adelante y continúan procreando hijos hasta llegar a cuatro; así que Juan y Lupita no fallaron en esto de creced y multiplicaos, aunque por momentos su vida fuera un auténtico caos, lo que más tarde habría de mostrar sus lamentables consecuencias.
La afición de Juan por el dinero, en contraste de su empeño por el trabajo, terminaron por llevarlo, a él y su familia, a la frontera norte; cuando un amigo le hizo una noble propuesta de negocios que, dado el perfil profesional de Juan, éste no pudo rechazar a la primera llamada.
El mundo de las drogas cambió drásticamente la vida de Juan y Lupe, que no desconocía el riesgo y las recompensas de aquella apasionante y arriesgada profesión, rápidamente se adaptó al nuevo modo de vida como una bendición: los autos, el dinero, la buena mesa y buena barra complementados con el consumismo transfronterizo, en poco tiempo hicieron de este par de desheredados la envidia de muchos coetáneos de su querido pueblo de La Concha. Estos fueron los mejores años felices y dispendiosos de Juan y Lupe, que pasan como un sueño y vuelven de cuando en cuando en su realidad como una pesadilla.
Porque este negocio no tiene todas las garantías de continuidad ni el que la ejerce la humildad de un franciscano, en un arranque de inspiración ambiciosa de Juan por la rápida fortuna, terminó abruptamente y con suerte fuera de aquella lucrativa empresa con carácter de irrevocable. El dinero ha sido siempre su ambición pero se ha visto que ha mostrado más habilidad en gastarlo que en ganarlo.
Con un capital más de experiencias que en cartera y bienes y, sin otro oficio más sólido que el del narcotráfico en primer grado, Juan regresa a La Concha con su familia, con una cantidad de historias que contar y, al poco tiempo retoma la penosa carrera inicial de la supervivencia por el escaso trabajo, la dádiva familiar y del creciente número de acreedores fríamente timados que para entonces aumentaba en la medida que su prestigio caía al nivel del de un notable cara dura.
Como la vida sigue y la lucha es permitida, al poco tiempo Juan regresó al Norte con la idea de buscar los mismos horizontes que tan buenos recuerdos le dejaba en su experiencia pasada. Pero su vida en los Estados Unidos, ahora como trabajador obrero, le vino a confirmar que aquel país no es como a veces lo pintan y menos aun cuando el trabajo no es su mejor carta. Con una crisis en puerta y el volátil empleo en la Unión Americana, obligan a Lupe y al Junior, el Juanillo, a trabajar en lo que sea; para entonces Juanito ya asiste al colegio de educación bilingüe en una hermosa costeña ciudad de California. Pero con todo y el esfuerzo aplicado por la familia de La Concha, la crisis y su condición de indocumentados terminan con los sueños de Juan hasta repatriarlo de nueva cuenta a su pueblo querido.
Ya de vuelta a casa, la historia de Juan y Lupe se repiten paso a paso, pero ahora Juanito aprende rápidamente los ejemplos de su padre con claros indicios de superarlo en poco tiempo: al año siguiente abandonó la preparatoria, expulsado por aplicado en el desmadre escolar y la tradicional pinta de clase. Juanito era un buen niño -decían Juan y Lupe-. “Los maestros son unos mamones”. Luego le siguió la deserción del equipo de su deporte favorito, en el que también fue destacado desde que vivió en el estado de California, y poco a poco se va olvidando de lo aprendido de niño y aprendiendo el divertido oficio de vago sin oficio.
En poco tiempo el Jr. cambió el deporte y la escuela por su afición a la vagancia y el bullying callejero, cosa que le da pronta popularidad y hace que medio pueblo lo busque para partirle la madre. Pero Juanito pronto escala de nivel y se encuentra con un grupo de amigos aficionados a las parrandas, a las armas y a lo ajeno.
Con aquellas cualidades y el apoyo de sus amigos fraternos, el Jr. se especializa en estar aquí y allá, de día y de noche y de ser de una forma de no estar quieto a ninguna hora y lugar; de portar doble celular, abrir coches sin llave y hacer tratos de venta sin factura saltando y asaltando los trámites burocráticos propios de estos menesteres.
Al mismo tiempo que sus trabajos le dan para sus gustos más mundanos, calla los disgustos de sus padres con presentes a los que no se les busca colmillo, donde saben que solo basta una buena uña para abrir los secretos de una sobresaltada comodidad; así que al llegar a los dieciocho Juanito había quedado bien formado en la empecinada y negada tarea de sus padres en hacerlo un hombre superior a sus cualidades de ciudadano distinguido en el oficio de rehuir al trabajo propio y apreciar el ajeno.
La seguridad del Jr. en los negocios se ve afianzada por la experiencia de Juan para hacer arreglos por fuera de los controles de confianza y negociar relaciones privadas con los servidores públicos cobijados por el oscuro azul de la ley y el eficaz juez del dinero.
Al tiempo que el Jr. va olvidando su pasado vivido del otro lado de la frontera, continúa en Sinaloa alimentando su acervo cultural con las clásicas de Chalino y los mejores narcocorridos que inflaman el espíritu del hombre al resaltar la hombría, la vanidad y el orgullo de morir en cualquier momento, abrazando sus más apreciados ideales del bajo mundo.
Así vive hoy este malogrado sinaloense de La Concha, superándose día con día para sobrevivir en el difícil y apasionante mundo elegido por él y su circunstancia, en donde el centro de su existencia es la aventura del dinero, las mujeres y el vicio, una filosofía de vida expresada en la letra de sus canciones:
“Las plebes bien mamacitas
Andan al cien todo el tiempo
Mientras gocen de la vida
Los plebes se ven contentos
Otra vez se hizo de día
No hay cura pa’ los enfermos”
Y como no tiene la culpa Juan, sino la Lupita que llegó para quedarse, ella terminó empleada en una cocina de media jornada con la intención de equilibrar sus inciertos ingresos con las constantes necesidades de la vida. Así fue que una tarde de verano decidió quemar la hierba y limpiar el patio de la casa, mientras que su Juan de siempre y su avanzado pupilo se disputan un apasionante partido de futbol frente a la pantalla de plasma de la habitación. A fin de cuentas en algo hay que entretenerse. Más tarde a ver que sale.

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