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LA JUEZA

AUTOR: RICARDO DAMASCO

Juan se pega a la rejas, no quiere hablar, solo mira con rencor a todos los que están en la sala, su mirada está lejana, piensa pero no sabemos que, dentro de la sala es un solo  murmullo, el caso es grave, todos lo saben y por eso miran fijamente hacia las rejas, nadie duda que Juan será declarado culpable, lo que no saben aún es la severidad de la pena que le impondrá la Juez.

El tenía nueve años cuando murió su padre víctima de un paro cardiaco, sus tres hermanos, él  y su madre se quedaron en el más triste desamparo, la casa donde vivían era de renta y ahora sin la ayuda de su papá todo sería más difícil.

Todo lo que tenían se reducía a unos escasos y gastados muebles que les servían apenas para lo necesario, a partir de ese hecho, doña Lucía su mamá, tendría que tomar la decisión de quedarse en esa ciudad tan inhóspita que tan malos recuerdos le dejaban, o irse al norte con su hermana Magdalena que le había dicho varias veces que cuando se le ofreciera allá tendría su casa.

Ella recordaba eso, pero ahora era distinto tenía dos hijos más, era viuda y no tenía una profesión u oficio que le ayudara a salir adelante.

Finalmente, después de dos meses, tomó la decisión de marcharse, a como pudo con lo que le sobró de los funerales y que había guardado, entregó la casa, tomó las escasas pertenencias que podía llevarse, agarró a sus hijos y subieron al autobús que los llevaría a otra oportunidad  que los pudiera sacar de la vida tan miserable que hasta ahora habían llevado al lado de su esposo Gabriel que antes de morir, estuvo al borde de la muerte en tres ocasiones debido a su afición por las metanfetaminas.

El viaje en el autobús fue pesado, 14 horas de viaje y al tanto de los reclamos y quejas de sus cuatro hijos no la dejaron ni pestañear, además el frio calaba hasta los huesos y no daba tregua aunque fueran dentro del camión.

Cuando llegaron a Tijuana, ya los esperaban su hermana y su marido en la central, bajaron los dos cartones donde traían las cosas, luego subieron a la vieja camioneta y se fueron  subiendo y bajando el lomerío que bordeaba la carretera a Tecate que era donde se instalarían.

Lucía no se fijó pero en cuanto bajaron del autobús en la central de Tijuana, Rosendo el esposo de su hermana, se le quedó viendo de manera lasciva y descarada, ya que a pesar de sus cuatro hijos, y sus cuarenta años,   todavía era una mujer muy guapa y de muy buena figura, cosa que no pasó desapercibida para él, que recientemente se había juntado en unión libre con su hermana y por lo tanto no la conocía en persona.

La casa de Magdalena no era muy grande, tenía un espacio que hacía las veces de sala comedor, un baño,  dos recámaras chicas y tenía un anexo, una especie de bodeguita para guardar cosas que habilitaron para que durmieran ahí Juan y Kevin que  eran los niños  más grandes.

Magdalena y Rosendo no tenían hijos debido a su reciente unión y ella nunca había podido tener hijos a pesar de sus dos anteriores parejas.

Al principio todo iba bien, parecía que se iban a adaptando a su nueva situación y que sus anfitriones los recibían con resignación, a como pudo Lucía logró meter a Juan y Kevin a la escuela a pesar de lo avanzado del curso y de la escasez de documentos, mientras  que sus otros dos hijos Lucía de y 7  años y Rosbel de 6,   le ayudaban en lo que podían en las labores domésticas a pesar de su corta edad.

Una tarde, Magdalena le dijo a Lucía: “ Luz, ya va siendo hora de que consigas un trabajo, aquí la verdad, si es cierto que me ayudas pero lo que nosotros ganamos no alcanza para los gastos, tu sabes que hay que pagar luz, agua, y hay que comprar todo lo que hace falta para la casa y la verdad lo que me diste cuando llegaste ya se acabó , mira supe que doña Tomasa, la vecina que tiene un negocio de tortillas  de harina estaba ocupado quien le ayudara, si quieres le pregunto a ver que dice, a lo mejor te da el trabajo, digo, si tú quieres”,  claro que si hermana le contestó,  lo que menos quiero es que representemos una carga para ustedes, te dije antes de venirme lo que pensaba, pero tu insististe en que nos viniéramos y la verdad yo pues, en esos momentos si necesitaba tu ayuda, pero no te preocupes si no es con doña Tomasa, será en cualquier otro lugar que encuentre algo en lo que pueda ganar dinero, por lo pronto que tiene que sea con alguien, pero después, mi idea es ganarme el dinero por mí misma, o sea, vender algo no sé, algo que aunque sea pequeño sea de nosotros para tener que dejarle a mis hijos y que no anden por ahí sufriendo ni dando lata. 

Al cabo de una semana doña Tomasa le dio el trabajo a Lucía y ella empezó con muchas ganas a trabajar en el negocio de las tortillas, le tocaba amasar la harina, a los niños más chicos los dejaba solos porque su hermana también trabajaba.

Magdalena trabajaba en una maquiladora de partes electrónicas, tenía 36 años y también era muy bonita, pero tenía una vida inestable, había intentado hacer vida en dos ocasiones, la primera con Rafael  un mecánico que era el mejor de Tecate según lo que decía la gente, pero que era muy machista y celoso y al primer gesto de Magdalena que el considerara de coquetería o provocación estallaba contra ella con arranques de celos y ademanes violentos, y aunque no la golpeara físicamente sus manifestaciones violentas la atemorizaban tanto que prefirió dar por terminada su relación, no sin antes recibir el acoso agobiante de Rafael que se obstinaba en que volviera con él, hasta que finalmente tuvo que recurrir a la autoridad  para que la dejara en Paz.

Su segundo intento fue con Manuel, un comerciante del centro de Tijuana dedicado a la venta y reparación de joyería, al que conoció en la parada de camiones cercana al local donde Manuel atendía a su clientela.

Después de salir con él varias veces a divertirse acordaron que se darían la oportunidad de vivir juntos  y hacer una familia.

Durante dos años, la relación entre ellos pareció funcionar hasta que una tarde de Agosto cuando el calor estaba a su máximo esplendor en la ciudad, Magda llegó al local a buscar a Manuel, no lo vio en el mostrador y como tenía llave abrió la puertecilla,  se asomó a la trastienda  y vio un espectáculo terrible para ella,   Manuel   sostenía por detrás  a una mujer , estaba con los pantalones a las rodillas y jadeaba  de placer, Magdalena no pudo más y salió corriendo del  local sintiendo que la vida se le venía abajo.

Después de superado este trance,  estuvo sola por otros dos años, hasta que conoció a Rosendo  su actual pareja y por lo que sabía y había averiguado de él, era un buen hombre, pero que equivocada estaba una vez más,  esta vez, el  tiempo se lo diría.

Rosendo era muy borracho, llegaba a la casa a la hora que le daba la gana y cuando Magda le pedía explicaciones el simplemente se reía y se burlaba de ella y le decía que no estuviera chingando que el hacía lo que le daba la gana y que para eso era el hombre de la casa.

Magda extrañamente y como una especie de maldición, le aguantaba a Rosendo todos estos desplantes y seguí a con él en una relación de amor apache, donde ella estaba  convencida de que lo haría cambiar y que todo estaría mejor.

Era el mes de septiembre la ciudad había sido arreglada con motivos de las fiestas patrias, se veían luces por todos lados, Magdalena se revolvía en su cama, un intenso dolor la tenía postrada  ahí desde hacía dos horas, Lucía le dijo: Hermana, háblale a Rosendo para que te lleve al seguro, mira cómo estás, si pásame el teléfono le contestó, ahí se está cargando arriba de la tele.  A la  tercera llamada contestó Rosendo, ¡¡¡¿que pasa con una chingada que no me puedo quedar un rato con mis amigos y ya me estás marcando?, ¡ven Rosendo me estoy muriendo del dolor en la panza¡, ¿pero que tienes? Si temprano cuando me vine no tenías nada, bueno y que quieres? A que quieres que vaya? Yo no soy Doctor, ¡¡déjate de cosas y vente,  para que me lleves al seguro¡¡, bueno ahí voy¡ le contestó malhumorado Rosendo.

 Llegó a la casa encabronado y alterado, que tiene? A poco está muy mala? Si, la verdad no te hubiéramos  llamado pero no aguanta el dolor, le contestó Lucía,  pronto prende la camioneta, la subieron y se fueron de nuevo zigzagueando por la curveada  carretera hacia el hospital, en cuanto llegaron la revisaron y en menos de dos horas les dieron el diagnóstico, “está a punto de reventarle la apéndice” les dijo el doctor a Rosendo se tiene que quedar.

Eran las tres de la madrugada, Lucía se quedó en el hospital y Rosendo se devolvió a la casa, cuando llegó, todavía iba bajo los efectos del alcohol y quien sabe que otro tipo de estimulante, entró a la casa, pasó por el anexo donde dormía Juan, él estaba despierto, siempre estaba alerta, aunque era un niño no le gustaba como se comportaba Rosendo con su tía, oía cuando le gritaba y la ofendía y eso lo hacía odiarlo, cuando Rosendo entró a la casa vio la puerta de la recámara donde dormía la hermanita de Juan abierta, se metió y la agarró de la cabeza y le tapó la boca y estaba a punto de violarla cuando Juan que lo había seguido, sin pensarlo le enterró el cuchillo en la espalda, y Rosendo se desplomó sobre el cuerpo de Lucía que aterrada a como puso se zafó de tan espantosa carga y se abrazó al Juan y Rosbel que despertó también con el escándalo.

Juan está ante la justicia, está asustado,  tiene 13 años y no alcanza a comprender  cuales fueron los motivos que lo llevaron a matar a Rosendo, sólo está seguro de que tuvo que hacerlo y no se arrepiente de salvar a su hermana.

La juez revisa una vez más el caso,  hoja por hoja, sus lentes se empañan, sus lágrimas caen como torrente  en la última hoja del expediente.   

Recuerda cómo si fuera ahora el primer día que iba alegremente a su primera clase de Derecho que la llevaría a lograr su sueño de ser   Juez  e impartir justicia.

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