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EL OSO FELIZ

AUTOR JORGE LUIS HURTADO REYES

Aquella mañana el viento se encontraba eufórico, lo encontré por mera coincidencia; no me pareció de buen gusto su felicidad, mucho menos ese desplante de belleza e inteligencia, sin embargo, le escuché, no todos los días se tiene la oportunidad de que el viento te murmure al oído.

Intentó desprender de mí esa melancolía que me llevaba sin rumbo, de ese enorme peso del abandono. Era otoño cuando conocí a mi amigo el viento, ese día aprendí que todos los elementos llevan consigo muchas anécdotas, que van desprendiendo en el cenit del tedio.

El viento en cada pliegue de su bonanza, en la caricia que le da a la flor, en la ola que levanta y en la hoja del árbol que remoline en el cielo, deja en su murmullo una historia dulce... Una historia de amor.

El viento es amigo del abuelo el  OSO FELIZ, de aquel caballero de muchos años, ese muchacho antiguo que ha pasado de siglo a siglo, con montones de años y aún más montones de días y horas.

El viento me contó que el OSO FELIZ a los trece años ya trabajaba como zapatero en el taller de calzado de su padre, primero como aprendiz, muy pronto como ayudante de suelas y costura corrida. Aprendió el oficio de zapatero por la tradición familiar y las letras por escapar del encierro que aquel taller con olor a goma y cuero curtido le producía.

En muy pocos años abandonó su lugar de origen, sólo con algunas herramientas en su morral, una guitarra y con toda la ilusión de buscar algo más que realizar, el viento me confesó que en esos días lo acompañó a cruzar valles, dándole el camino para localizar su propia niñez.

En su deambular, el OSO FELIZ tuvo muchos tropiezos, le quisieron vender la roca por flor, la noche por luz, pero él buscaba un solo oficio: el de dibujarle a un niño la sonrisa perdida.

Lo intentó todo, hizo el zapato más grande que se había confeccionado, le fabricó al ciempiés todos sus zapatos, al tren en lugar de ruedas, le puso zapatos, y con su guitarra compuso miles de canciones, mas los niños no reían.

Pasaron los años y la vida fue la escuela que formó su amanecer y la calle el escenario de sus sueños, y la música la línea de su amor.

Ahí interrumpí al viento y le dije en forma de reproche: ¿qué tan importante podía ser que un joven fuera zapatero, que estudió para tener como pretexto salirse de su casa, ser un vagabundo de suela corrida y por si fuera poco cancionero de todas las edades, teniendo como coro a las latosas cigarras, amén de buscar no sé qué cosa?

Mi amigo el viento,  comprensivo me apuntó, no juzgues lo que no conoces, no condenes lo que no compruebes, date la oportunidad de conocer, y de seguro te va a cautivar.

Para mi fortuna hoy, lo digo, tuve el privilegio de conocer al  OSO FELIZ y a su hermosa familia. Todo sucedió un día que me habló a la radio y escuché su voz en el teléfono: "hola, soy el OSO FELIZ", desde ese día no había programa que no se comunicara y dejara un mensaje a todos nuestros radioescuchas y sobre todo a los niños.

Me acompañó durante muchas transmisiones, en algunas ocasiones con su guitarra, pero siempre con su sonrisa franca y el comentario oportuno. Yo sé que el viento nos veía y se complacía por el encuentro.

Una anécdota que EL OSO FELIZ me transmitió es la siguiente: "Un día se presentó con don Matías a la casa de Martín, su hijo mayor, y le dijo: 'toco la puerta para solicitarte me des un lugar en tu casa, sé que te parecerá raro, pero ya sin tu madre me siento muy solo, hoy me veo en la necesidad de solicitarte a ti y a tu familia me den un lugarcito con ustedes'. Martín, el hijo mayor, sin dejar pasar a su padre al interior de su casa le dice: 'mira, papá, sabes perfectamente que no tenemos espacio suficiente, no sé si mi esposa esté de acuerdo'. En eso, Javiercito, el nieto de don Matías con gusto dice: 'mi abuelito se puede quedar en mi cuarto, sí cabemos los dos', por lo cual su papá responde: 'no te metas en pláticas de grandes, ve avísale a tu madre que mi padre está aquí solicitando asilo'. Don Matías en tono lento dijo: 'mira, hijo, yo creo que siempre fui para ustedes un buen padre, luché hasta el último para sacarlos adelante... Ya no importa, no hay necesidad de  que consultes, no te preocupes, ya me voy; venderé mi casa, y con lo que me den tendré lo suficiente para pagar un buen tiempo un lugar donde mandan a los viejos como a mí'. A Martín le remolinó el recuerdo de sus años maravillosos en el hogar paterno y apuró a decir: '¡Vieja!, mi padre se quedará en casa, yo le haré en estos días un cuarto en el patio, aunque sea de lámina, para que esté independiente, por lo pronto dormirás en la sala. ¡Hey!, Javiercito, trae a tu abuelo una cobija para que no pase frío'. Javiercito salió corriendo a su cuarto, iba contento, su hermoso abuelo compartiría con ellos su hogar. Mas el niño se tardaba en traer la cobija, por lo cual el papá fue a la habitación del niño, ahí lo encontró muy atareado cortando por la mitad una cobija grande, con unas tijeras viejas: '¿qué haces, muchacho menso?', cuestionó enérgico el padre. Javiercito con su carita inocente sólo alcanzó a decir desde lo profundo de su corazón: 'mira papá, estoy partiendo la cobija por la mitad, una parte es para mi abuelo y la otra mitad la guardaré para cuanto tú, algún día llegues a mi puerta, solicitándome compañía, tengas conmigo un pedazo de cobija para que tapes tu conducta, tu frío y soledad".

La radio fue testigo de las amenas charlas que tuvimos con el abuelo, con mi amigo el OSO FELIZ, de él recibimos muchas más historias que en su momento, les platicaré, entre ellas la zorra que perdió la cola, más no la cabeza; el alacrán y la ranita y muchas más.

Ahí precisamente, en el programa radiofónico, nos lanzamos a la jornada "Los útiles escolares" una campaña para regalar cuadernos, lápices, etcétera. A niños de escasos recursos económicos. el OSO FELIZ, por supuesto, fue el primero que habló y dijo: "cuenta con un paquete de útiles escolares por lo pronto", a la semana me habla y me confirma: "ya tengo dos paquetes".

Esa mañana de septiembre pasado, el OSO FELIZ le pidió a su hija los paquetes escolares: "dámelos, hay que llevarlos a la radio, es un compromiso que hice con mi amigo y con los niños". Le llevaron los paquetes, los envolvió en sus brazos y se quedó quieto, muy quieto, sentado en su silla de ruedas y se apegó a la luz, se escapó al viento, nos dejó solos.

Entonces yo le cuestioné al viento y él con esa serenidad me susurró: "tú eres el próximo eslabón de esa sonrisa perdida, eres la continuación de la obra del muchacho antiguo, sigue el paso que él te marcó, y entonces en su momento recorrerás con el abuelo y conmigo los siete continentes celestiales, para que vean la obra que se construye con la risa infantil y pura de un niño, y el viento, soltó una lágrima.

En el mundo existen millones de abuelos, hombres como el OSO FELIZ, que hacen de su vida, el don de la alegría, que desprenden de sí todo lo que tienen para que el mundo sea hermoso. Así fue mi gran amigo Javier Peña, el inolvidable OSO FELIZ.

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