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UN SUEÑO PARA DON JOSÉ

AUTOR JORGE LUIS HURTADO REYES

La tarde transcurría de manera lenta, en el parque se escuchaba por doquier la algarabía de los chiquillos con toda su felicidad, por el momento de diversión. En una banca apartados un poco de la gente, Don José y Jorgito disfrutaban de un rico helado de cucurucho.

Don José —preguntó de momento el pequeño—, ¿será siempre así la vida en el parque?

¿Cómo?, cuestionó el viejo a su acompañante.

¿Que si siempre se oirán las risas, los brincos y las carreras de todo niño?

¡Claro, Jorgito!, los niños son el alma de todos los parques y su batería es su propia infancia.

¿Sabes, Don José?, cada vez que vengo al parque, observo muchos señores que se pasean de un lugar a otro, como si algo les preocupara, o como nosotros sentados en una banca esperando algo bueno…

En efecto Jorgito, los parques, las plazuelas, no sólo son visitados por los niños y las familias, sino también por muchas familias que no tienen un lugar fijo para trabajar.

¿Y qué hacen aquí?, cuestionó Jorgito.

Sólo pasar el tiempo y juntar con ello la amargura de ser un desempleado.

Don José, ¿cómo se es un desempleado?

Don José reflexionó por un momento, dejó pasar su vista por los alrededores y enfáticamente comentó: el desempleado es un paro forzoso que se da por varios factores. El empleo no es lo que al trabajador le gusta hacer; la remuneración económica que se paga por el trabajo no es la adecuada; no se está capacitado para realizar bien el trabajo, las empresas y los patrones no dan los beneficios que por ley se deben de proporcionar al trabajador, no existen las fuentes de trabajo que se requieren para los habitantes del país; existe una discriminación muy marcada, sobre todo, cuando hay que proporcionar trabajo a los ancianos y a las mujeres.

¿Y es peligroso el desempleo?, preguntó Jorgito.

Claro que sí, es más, durante muchos años nos han engañado diciendo que ya no existe este problema, pero sin embargo, el desempleo en el país es más complicado y desesperante que lo que en apariencia nos hacen ver.

¿Y qué podemos hacer?, preguntó el pequeño.

Con una pose de intelectual, Don José afirmó: primero, estar consciente de ello; después, buscar que el gobierno junto con todos nosotros implemente políticas que nos permitan aprovechar todo el potencial humano para la generación de empleos.

Don José pasó la mano por la cabeza del pequeño y le comentó: “lo más lamentable es que en nuestro país se recurre de manera exagerada al trabajo infantil, es decir, muchas actividades productivas y de servicio las hacen miles de niños, con remuneraciones inferiores al salario mínimo y las jornadas de trabajo en muchos casos son mayores a las legalmente permitidas, y lo triste es que estos niños no cuentan con la protección social, no se respetan sus derechos laborales, los niños no pueden ejercer la libertad de asociación laboral, ni de negociación”.

Don José guardó pausa a sus palabras, le dolía el corazón por el comentario tan desalentador que le hacía a su pequeño retoño, pero ¿qué era peor: callar, mentir, solapar y ser cómplices por no hablar con la verdad?

Jorgito —pequeño como un niño e inquieto por su naturaleza infantil, con gran capacidad de observación, y preguntón como cualquiera de su edad y su condición, prosiguió su interrogatorio:

¡Claro que sí, mi Jorgito!, hay leyes, declaraciones que protegen a los hombres y mujeres. Escucha bien y grábatelo en tu cabecita de madera, llena de aserrín: el artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, dice: “toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo y a la protección contra el desempleo, toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna a igual trabajo por trabajo igual, que le asegure, así como a su familia, una existencia confortable a la dignidad humana y que será completado en caso necesario, por cualquier otro medio de protección social, además de vacaciones pagadas, disfrutar del tiempo libre…

¡Épale!, Don José, cómo sabe usted cosas.

Claro, Jorgito, la universidad de la vida te enseña muchas cosas, cuando menos en teoría, tus obligaciones y derechos como ciudadano libre.

¿Don José, si tú fueras gobernante, qué es lo primero que harías para beneficiar a los trabajadores?

Bueno, esa pregunta es para mí muy fácil de contestar, ya que el tema me lo sé al dedillo, yo lo vivo todos los días y la respuesta es la siguiente: primero, es determinante asegurar una política de estímulos a la productividad, a la calidad en el servicio. Incluir —gústeles o no— en los programas productivos a mayor número de mujeres, personas de la tercera edad y discapacitados. Segundo, olvidarnos ya de las políticas erróneas de discriminación.

Hizo una pausa obligada esperando que se retirara la gente que en ese momento se arremolinaba a su alrededor, la pausa fue breve, y continuó, yo no sé cómo no se han dado cuenta nuestras autoridades del país que el desempleo atenta contra la autoestima de todos los ciudadanos, causando serios problemas como la desintegración familiar, la violencia, la explotación, el estrés y para qué te digo más. El pequeño veía fijo los ojos de Don José sin percatarse que la nieve se le escurría por las manos, manchándole su trajecito. Don José, al darse cuenta de esto lo reprendió duramente: ¡pero mira Jorgito!, ¡cómo te has dejado todo manchado de nieve!, ¡siempre me haces lo mismo, no te puedes comer algo sin mancharte!, pero eso sí, siempre preguntándome tonterías y yo de menso contestándote, cómo si no hubiera cosas más importantes qué pensar o hacer.

Don José se quedó callado por un momento, apenado por el regaño hecho a su compañero de mil aventuras. —Bueno, Jorgito, mi pequeño travieso, perdóname que te haya regañado, pero cada día es más fácil que me saquen de  mis casillas y más con las preguntas que me haces.

Don José sacó un viejo paño y comenzó a limpiar la ropita de Jorgito, al terminar le dobló las piernitas y bracitos y lo guardó con mucho cariño en su maleta, se levantó con dificultades que da la edad, de la dura banca del parque, tomó la maleta y se dispuso a marcharse, su caminar era lento y su pensamiento ligero le hizo nuevamente recordar el tema trivial que lo envolvía, con una mueca de impotencia se dijo: “es nuestro país, la mayoría de la población con más de 60 años sufre no sólo el desempleo y la marginación, sino que además los orilla a la mendicidad y al asilo, como producto de una sociedad totalmente deshumanizada y cruel. Si yo fuera autoridad, le diera a los viejos trabajo de maestros, guías turísticos, cuentistas, bibliotecarios, conserjes, asesores, pintores, jardineros, promotores de campañas contra el tabaquismo, el alcoholismo y la drogadicción, vigilantes, inspectores de limpieza, etcétera”.

Pensando en esto, Don José se alejó del parque buscando con su mirada la llegada de otro camión urbano para seguir trabajando en lo que le tocó hacer y que con la fuerza de lo cotidiano y la necesidad eterna, se dobló como su pequeño muñeco Jorgito.

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