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Libertad

  • Miércoles, Feb 17 2016

Y ahí estaba por segunda ocasión, como la primera vez 32 años atrás, se sentía como una recién casada, comprando lo más elemental para el nuevo hogar: enseres domésticos como la tabla de picar verduras y carnes tan indispensables para elaborar los alimentos, el pela-papas, raspa-queso y la palita volteadora para los huevos, una cuchara grande para cocinar, un cuchillo, el cedazo grande para las pastas y uno pequeño para el café de grano, dos tazas de cerámica (si alguien la visitaba podría ofrecerle un café), cuatro platos medianos, cucharas y tenedores,

 además de una toallita de tela para secar los trastes, una servilleta para las tortillas calientitas -o recalentadas- según se ocupara, un sartén pequeño y uno mediano y dos vasos muy bonitos de cristal y que le parecieron muy baratos; una escoba, un trapeador y un recogedor de basura y hasta el cesto para los papeles sucios del baño. Además de estas adquisiciones compró una pequeña despensa con lo más básico para elaborar las comidas de los días siguientes y alimentarse en casa, de sobra se daba cuenta que comer en la calle en alguna fonda o restaurante era un lujo que en mucho tiempo no podría disfrutar ya que habría que cuidar bastante su economía. Entusiasmada con las nuevas adquisiciones los acomodó todos encima del comedor -así sin mantel- para tomarles una fotografía, quiso dejar huella de sus inicios de esa nueva vida; su nueva vida de soltera. Fue en ese momento cuando los pensamientos evocaron los recuerdos donde se gestó su nueva condición civil.

Diecisiete días atrás había conversado frente a frente con su esposo, el padre de sus tres hijos (dos mujercitas y un varón ya los tres casados) y abuelo de sus seis nietos; nietos que ella disfruta al máximo cuando se encuentra cercana a ellos pues cada uno de sus hijos radican en diferentes y lejanas ciudades al hogar materno.

“Ya no quiero vivir más a tu lado, voy a irme de la casa, no tolero más tu presencia, lo siento mucho de verdad, pero es mejor que nos separemos antes de hacernos más daño”… Ella le había dicho esto a él, ahí en la central camionera de Xalapa cuando ya estaba por regresar a Culiacán, él fue a verla en una rápida visita después de dos meses y medio de ausencia. Ella se lo dijo muy seria, denotando en su mirada y tono de voz la firmeza de la decisión tomada. Él nada dijo, nada le contestó, sólo la observó por un momento y permaneció callado, como adivinando los días aciagos que estarían por venir. Era por demás pedir otras nuevas oportunidades, éstas ya se estaban dando desde algunos meses e incluso años atrás, ya no se podía remediar nada de lo irremediable. Se despidieron –aun así- como buenos amigos; en un abrazo colmado del silencio profundo de lo que ya jamás se dirían; con cierta filialidad, con la fraternidad adquirida en el desuso del amor seductor, no hubo lágrimas, no hubo reproches, ya no hubo más nada. Mudo testigo fue su hija mayor, les observaba a cierta distancia, respetando ese momento tan íntimo de sus padres, la distancia no le permitió escuchar con fidelidad sus palabras, sólo lo que la intuición le avisaba, sabía que las cosas no estaban bien entre ellos y que su relación ya estaba muy dañada.

 “Dios te acompañe, buen viaje, estaré en Culiacán en 10 o 15 días”… le dijo ella al soltarse de ese abrazo último entre ambos, y su hija -que se acercaba- corrigió de acuerdo a sus tiempos: “en quince días mamá, en quince días podrás regresar a casa”. Los tres sonrieron vagamente y se alejaron, él hacia el autobús que haría el recorrido de los 1530 km para regresar, y ellas a casa, a casa de su hija. Dos meses y medio tenía acompañándola cada semana al médico, preparando cada día y en cada horario los alimentos adecuados, empeñándose cuidadosamente para que su hija recuperara la salud, dos meses llevando a las tres muchachitas–sus nietas- a sus respectivas escuelas y en sus diferentes horarios. Atendía la casa y tareas domésticas procurando no sentir el inclemente frío además  del cansancio; cuando lo sentía lo mitigaban las sonrisas de las cuatro, pues al caer las tardes y se reunían de nuevo disfrutaban plenamente  esos momentos tan simples y bellos de la convivencia cotidiana y en esas tertulias  ella sintió también cuanto le amaban. Su hija se recuperó, gracias a la atención médica adecuada y también a los cuidados prodigados.

Inició el retorno a casa a los quince días anunciados, no le llamó a él para que la fuera a recoger a la central camionera; él ya se había marchado de casa. Le había anunciado su partida tres días atrás en algún punto del trayecto cuando ella se dirigía hacia Guanajuato pues llegaría a visitar a su hijo unos dos o tres días antes de regresar a Culiacán: “Me voy de casa, ahí te dejo unas cosas para que vivas con cierto confort”… ésas fueron las palabras que escuchó por el auricular del celular; “Dios te bendiga, cuídate mucho y gracias por todo” contestó ella vagamente dando fin a la conversación.  Al llegar del viaje a la central camionera de Culiacán ella tomó un taxi para llegar a casa, se sentía serena, tranquila, afable.

Al parar el taxi en el domicilio indicado ella se percata de que algo pasa. Sale del auto y carga sus dos pequeñas maletas, saca las llaves de su bolso y abre el cerrojo de la puerta de su casa y se da cuenta que está vacía, sin ninguna maceta con plantas en su terraza, sin sus muebles, sin sus cosas, sin nada de nada, sólo el comedor se encuentra cercano a la puerta de entrada, lo empuja un poco para poder ingresar a la sala y se percata… de que ése vacío es una parte del precio que deberá pagar por la libertad.

Autora: MARTHA IRENE PEÑA V. 

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Publicado en GÉNERO

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