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EL MUTANTE

  • Lunes, Jul 04 2016

No es que Maresca estuviera influenciada por su profesión de ilustradora de cómics y que a últimas fechas confundiera la fantasía con la realidad, no. —Es la primera semana del año y le han demandado la creación de un nuevo personaje como proyecto de revista, sin duda, un personaje comercial, que funcione y a corto plazo— que a momentos no discierne si está en medio de un sueño o metida en aquella imaginación creadora inducida, aquella que es forzada para cumplir con su trabajo. Eres buena, le asegura su jefe de oficina cuando protesta por tal o cual motivo de abuso, pero te elegí a ti cuando pude elegir a otras. Ama su profesión, pero aquello a veces le lleva al agobio.

 

Esa mañana antes de marcharse a la editorial, la chica la vio avanzar tan despreocupada bajo el plato giratorio de cristal, ese que sostiene los recipientes con alimentos dentro de la caja del microondas. Ella tan tranquila, —pensó, y yo con las prisas. Ignoró la escena, la dejó dentro y oprimió la tecla de un minuto para recalentar el café. Cada segundo de los sesenta le remordió la conciencia, ¿y si le pasara lo mismo que los superhéroes de las películas, como la araña de laboratorio que mordió a Peter  Parker, o  como Hulk, El hombre increíble bombardeado por rayos gamma o Las Tortugas Ninja mutadas en la fuga de residuos radiactivos? ¿Y si cuando abriera la portezuela ésta saliera convertida en una súper-hormiga, caminando en dos patas y al avanzar empezara a crecer y crecer y crecer hasta tomar el tamaño de un adulto fisicoculturista o más aún el tamaño de un monstruo, enorme, de grandes colmillos y músculos por todos lados? Se aterró. Fueron los sesenta segundos más angustiantes de su vida. Se sentía irresponsable, cruel, malvada, muy malvada. 

Se apostó frente  a la ventanilla para tratar de ubicarla a través del cristal oscuro, pero no la encontró. Estaba tan consternada que no acató a detener el proceso con el simple toque de la tecla pause y continuó buscando a la hormiga por los rincones de la caja, por encima del plato en movimiento, al derredor de la taza. Todo quedó suspendido en ese instante. Lo primero que hizo al detenerse la operación con el típico sonidito ensordecedor que emite y casi por inercia, fue revisar dentro de la taza, en el líquido oscuro e hirviente, tal vez flotara en la superficie, ahogada, pero no, tampoco estaba.

Cuando volvió la vista al interior de la caja de nuevo, no percibió a la hormiga saliendo de lo más oronda del microondas, ni sintió cuando llegó hasta su pequeño y frágil cuerpo y se subió por la parte inferior de su suéter gris que tocaba la mesa donde se encontraba el aparato. La hormiga en un recorrido erótico subió por su abdomen sobre el suéter, esquivando ojales y botones, hasta llegar a unos senos diminutos y de allí avanzó hasta su hombro derecho, cerca de su cuello, una vez ahí se acercó lo más que pudo a su oído y con el aire de su voz le dijo: sssshht aquí estoy, me puedes bajar al piso por favor, apresúrate, acotó con urgencia.

Y claro, ¿cómo era posible que la hormiga le susurrara al oído con palabras? No era para menos, el susto de escucharla parlar provocó que de un sólo impulso ¡zaz! la lanzara con la parte superior de su mano hasta uno de los rincones de la cocina. El insecto cayó en una posición dramática, estrepitosa y así se mantuvo  por unos momentos. Ella se acercó lentamente para descubrir si el bicho aquel seguía con vida. Estaba viva, si, sana y salva, pudo constatarlo cuando empezó a moverse. 

Le miró tan de cerca que pudo ver con precisión sus facciones angulosas y brillantes. Aquel color rojizo en el rostro y en el resto del cuerpo. Maresca se redujo a eso, una hormiga. ¡Mierda, lo que me faltaba! Y con el deseo de resarcir, le invitó a que se quedase a convivir con ella. La hormiga por supuesto que aceptó sin chistar.  

La chica continuó con la rutina cotidiana, el trayecto diario de casa-editorial-editorial-casa, cumpliendo un contrato temporal que no le promete nada, por un sueldo que nunca es suficiente ni puntual, con un servicio médico deprimente, con horarios que no le permiten sociabilizar y conocer gente nueva, un día de estos mandará todo a la mierda, piensa. Sí que lo hará.

Desde el incidente aquel, todos los mañanas se encuentran en el desayuno, junto a su taza de café, conversan sobre sus respectivas vidas. Maresca le aconseja entre que le cuenta los avatares de lidiar con el abuso laboral y desigualdad de derechos cada día en la editorial: no te acerques mucho a la galleta porque con las prisas te puedo comer —y le acerca unas migajas—, y no se te ocurra volver a meterte al microondas, le recalca con sincera preocupación.

Y qué podría contar una hormiga de su vida: que pertenecía a una raza llamada hormigas de fuego por ejemplo, mientras movía sus simpáticas antenas. Que se alimentaba principalmente de plantas jóvenes, semillas, y a veces de grillos y cucarachas… que al sentirse agredidos usaban la piperidina con su aguijón, que ardía como el fuego. Que pertenecía al gremio de los machos pero que preferiría ser soldado ya que el primero tenía la única función de aparearse con la reina, dando continuidad a la especie mientras que los soldados, aunque machos estériles, se encargan de la defensa del nido. Antes aquí era un cauce, recordaba, con la civilización mi colonia desapareció y yo me quedé en el césped de tu jardín. Y cómo es que el día del accidente no me aguijoneaste, Maresca quiso saber. Tal vez porque estaba distraído mirando tu escote, soltaron tremenda carcajada.

Cierto día, en que llegó muerta de cansancio, Maresca pasó de largo la cocina. La inquilina y ella se toparon en la recámara, no le dio importancia y sí le pidió que se alejara del lado izquierdo de su cama, porque era su lado favorito al levantarse, no fuera a suceder que por accidente la pisara. 

Así fue por mucho tiempo hasta que  una mañana, muy temprano sintió al lado suyo un cuerpo. A su izquierda. En su cama. Pero no era la pequeña hormiga de todos los días. En ese momento era un tipo fuerte, rojizo-oscuro, de buen tamaño y con cara de: hormiga. ¿Cómo olvidar aquel rostro? Por su puesto que era su inquilina, inquilino sabía al fin. A sabiendas del prestigio de las hormigas, Maresca le pidió su colaboración para iniciar una editorial propia y él… que fuera su reina.

 

AUTORA: Alma Vitalis. Escritora y Promotora de Lectura. 

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Publicado en ARTE
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