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El Chango

  • Sábado, Jul 05 2014

Nunca le gustó estudiar al cabrón, decía que para qué, que de todos modos era la misma, que nunca iba a salir de perico perro, en la telesecundaria del rancho cada rato lo sacaban de clase por desmadroso y porque no dejaba oír nada de lo que salía en la tele educativa.

 

El colmo fue una vez que le atascó la punta del lápiz al Fito, se le fue encima como perro y zaz, hasta el tronco el lápiz guey, el profe quiso meterse pero le dijo: -No, profe!, déjese de chingaderas, no se meta, esta es una bronca entre yo y este cabrón, ya me la debía!

Después de eso, ya no volvió a la escuela, se llevaba sentado en la banqueta de la esquina de la tortillería, siempre con la mirada perdida, cuando le preguntaban que si qué chingados hacía ahí, respondía; ¡qué les importa, a ustedes les vale madre! Es  más, ya casi ni a su casa iba a dormir, se quedaba con alguno de sus camaradas de arriba como él les decía.

La mamá del chango era una doña bien amargada, bien cochina y, renegada, pero no porque ella quisiera, sino porque siempre andaba de mal humor por el calorón que hacía, y aparte tenía que estar pegada a la hornilla con el humaderón, porque no tenían estufa de gas, siempre se quejaba de que Gumaro su marido ganaba una madre y no le alcanzaba para nada, a veces ni para una coca entre semana.

Los sábados cuando Gumaro rayaba en la ladrillera, ella lo esperaba para que le diera el chivo, antes de que se fuera a refundir a la cantina a emborracharse.

Gumaro era bien pedo y muy callado en su casa, casi nunca hablaba con sus hijos, no les dedicaba nada de tiempo, y cuando llegaba a hablar con ellos, era para maltratarlos y mandarlos a la chingada, los plebes le tenían miedo, pinche viejo cagazón decía el Chango, ahí viene otra vez pedo, ahorita va a empezar a estar chingando con mi amá y le va a pegar sus madrazos.

Por eso al chango no le gustaba estar en su casa, era una de alegatas casi todas las noches:

“Pues que no te alcanza lo que te doy?”, “puros pinches huevos y frijoles me echas de lonche” , “´¿qué le haces al dinero cabrona?”.

Sí, ha de ser mucho lo que me das, pa´pinches 800 pesos a la semana, crees que con eso les voy a dar de comer a ti y a toda la bola de plebes y aparte comprarles ropa y uniformes pa’ la escuela; ¡ya ni la chingas Gumaro!. Lo que deberías de hacer es no tragar tanto, así nos alcanzaría más el dinero, no que vas y se lo retacas a Don Almiro el de la cantina y a cuanta pinche puta se te atraviesa

Eso a ti te vale madre, mientras no te falte comida en la casa.

Gumaro, en serio viejo, ya deja la tomada, ya ves, el Bernardito se nos murió porque estabas bien borracho y no fuiste pa’ conseguir un raite pa’ llevarlo a Culiacán, hasta que fue demasiado tarde y se puso morado por el tétano que le dio en el dedo que se cortó con el rayo de la bicicleta.

¡Ah!, ahora me vas a echar a mí la culpa, hija de la chingada. Nomás eso me faltaba, zaz, zaz, en la cara, zaz, zaz, en la panza, zaz, zaz, en las piernas, zaz, zaz, en los brazos, zaz, zaz, zaz…, …

Eso fue lo último que oyó el chango, y ya no aguantó, tenía 14 años y no le tembló la mano cuando le hundió hasta las cachas el cuchillo a su papá. Gumaro cayó de chingazo en el piso chorreando de sangre por la espalda, dio unos manotazos, volteó los ojos, se ahogó con su  misma sangre y quedó tieso en el piso de tierra del cuarto de lámina donde vivía.

¿Por qué lo mataste?, le preguntó la licenciada al Chango. No sé, me dio un chingo de coraje que le pegara a mi amá. ¡Y por qué no te fuiste mejor!, ¡por qué no te saliste!. Porque de todos modos iba a ser la misma, no iba a dejar de pegarle; ¡por eso lo maté!.

Pásale para acá con la psicóloga, tiene que hacerte unas preguntas y le vas a contestar con la verdad. Sí licenciada.

-Por qué te dicen Chango?.

Un plebe me puso así.

-Y, ¿no te enojaste con él?.

No, me gusta que me digan Chango, ya me acostumbre.

-Y, ¿cómo te llamas?.

Oscar Uriel.

-¿Te gusta tu nombre?.

No sé, casi nadie me dice Oscar.

-¿Quieres mucho a tu mamá?

No, pero me daba coraje que mi apá le pegara tanto.

-¿A ti, también te pegaba? ¿Sí, mucho?

Uuuuuuhh, cada rato, por cualquier pendejada me ponía una chinga.

-¿Ya habías pensado en matarlo antes de anoche?

Sí, muchas veces.

-¿Platicabas mucho con tu papá?

No, casi nunca, siempre andaba bien pedo y cuando no, andaba en la ladrillera, y aparte tenía otra vieja que le hacía la vida imposible a mi amá.

-¿Te daba miedo que tu papá llegara a matarte cuando te pegaba?

Sí, una vez que mi apá tenía como 6 días tomando, y que estaba bien crudo, me mandó con su compadre Temo a pedirle alcohol rojo. Su compadre me dio tantito en una botella de vidrio, como era de noche a mí me daba mucho miedo lo oscuro. Y que me salió un perro en el camino y se me cayó la botella y se quebró y, se tiró todo el alcohol. Y temblando de miedo, no tuve más remedio que llegar a la casa. Cuando le dije lo que pasó, se puso como loco, se levantó de la cama y me agarró del cuello, me pegó a la pared y agarró una botella de vita de toronja vacía. La quebró en la pared y luego hizo como si fuera a enterrarme el buche en la panza. Yo estaba temblando de miedo, le vi la muerte en los ojos, en eso, mi amá le pegó un chingazo en la cabeza con el palo de la escoba y aproveché que me soltó, me safé y me salí de la casa corriendo. Me fui a una gasolinera que estaba cerca de la casa y ahí me pasé la noche temblando de frío y llorando y, los despachadores nomás se me quedaban viendo.

Para eso, yo apenas tenía como 12 años y no alcanzaba a comprender muchas cosas, pero sí las sentía y me dolía mucho saber que yo vivía dentro de una casa donde rondaba la muerte y lo que menos había ahí, era un buen trato o una palabra bonita: Puros chingazos había.

Marilú, la agente del ministerio público que había estado consternada escuchando el relato que el Chango le hizo a la psicóloga, le dijo: -Ven mi’jo, ven acá. Ven, tómate este vado de agua. El Chango la miró con agradecimiento, la vió con una mirada muy dulce, que para nada reflejaba el rostro de un asesino. Agarró el vaso de agua y se lo empezó a tomar, mientras se secaba las lágrimas con la otra mano.

Cómo la ve con el caso? –le dijo la abogada a la psicóloga. ¿A quién hay que juzgar? ¿A la sociedad, a la familia, al Chango o a quién?

El dictamen que la psicóloga hizo días más tarde, fue determinante para la decisión de la Juez de Justicia para Adolescentes. El Chango fue absuelto de homicidio en primer grado, dada la profunda afectación emocional que tenía al momento de cometer el crimen y aunado al terror que le provocaban las escenas de violencia en su casa y en una de las cuales estuvo a punto de morir.

Han pasado 14 años, ahora Oscar Uriel tiene 28 años, estudió en la Escuela de Innovación Tecnológica que el Gobierno Municipal, junto con empresarios construyeron cerca de su casa, para ayudar al desarrollo educativo de la zona.

Su mamá, doña Lucía, sacó adelante a la familia con un negocio de tamales, ubicado en la Plaza de Desarrollo Económico Comunitario, que el Gobierno Federal y Estatla, en conjunto con los vecinos, crearon en la colonia.

El panorama es diferente, se ve que la inversión social, ha valido la pena. La actitud de los pobladores es otra, se les nota en todo; en la manera de expresarse, de vestir, de convivir. Las familias disfrutan de la alberca y jardines que hay en el patio de la Plaza de Desarrollo Económico Comunitario. Ahí, sentado en una banca, Oscar Uriel abraza a su hijo Gumaro y le da un beso en la mejilla.

Autor: Ricardo Carrillo Damasco

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